EL DERECHO A LA PEREZA -Paul Lafargue. “Para el español, en quien el animal primitivo no está atrofiado, el trabajo es la peor de las esclavitudes. Hay un proverbio español que dice: “Descansar es salud”.(1848)

 

“Seamos perezosos en todas las cosas, excepto al amar y al beber, excepto al ser perezosos”. Lessing

EL DERECHO A LA PEREZA-Paul Lafargue

-Paul Lafargue y Laura Marx

Refutación del derecho al trabajo de 1848

1       Un dogma desastroso.

Una extraña locura se ha apoderado de las clases obreras de los países en que reina la civilización capitalista. Esa locura es responsable de las miserias individuales y sociales que, desde hace dos siglos, torturan a la triste humanidad. Esa locura es el amor al trabajo, la pasión moribunda del trabajo, que llega hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y de su prole.

En la sociedad capitalista, el trabajo es la causa de toda degeneración intelectual, de toda deformación orgánica.

Cuando en nuestra Europa civilizada se quiere encontrar un rastro de la belleza nativa del hombre es preciso ir a buscarlo en las naciones donde los prejuicios económicos no han desarraigado aún el odio al trabajo. España, que, ¡ay!, también va degenerando, puede aún vanagloriarse de poseer menos fabricas que nosotros prisiones y cuarteles… y nuestro corazón se estremece oyendo al mendigo, soberbiamente arropado en su capa agujereada, tratando de amigo a los duques de Osuna.

Para el español, en quien el animal primitivo no está atrofiado, el trabajo es la peor de las esclavitudes. Al igual que los griegos de la gran época que no tenían más que desprecio por el trabajo: solamente a los esclavos les estaba permitido trabajar; el hombre libre no conocía más que los ejercicios corporales y los juegos de la inteligencia.

Hay un proverbio español que dice: “Descansar es salud*

2       Bendiciones del trabajo.

 Los hijos de los héroes de la época de la Terreur se han dejado degradar por la religión del trabajo hasta el punto de aceptar, en 1848, como una conquista revolucionaria, la ley que limitaba el trabajo en las fábricas a doce horas por día!

Proclamaban como un principio revolucionario el derecho al trabajo.

Solamente esclavos podían ser capaces de semejante bajeza.

El mismo trabajo que en junio de 1848 reclamaron los obreros con las armas en la mano, lo han impuestos ellos a sus familias.

¡Vergüenza para los proletarios!

¿Dónde están! aquellas comadres osadas, alegres y amantes de la diva botella, de quienes hablan nuestras fábulas y nuestros viejos cuentos? ¿Dónde están aquellas mujeres despreocupadas, siempre tratando, siempre cocinando, siempre sembrando la vida, generando la alegría, pariendo sin dolor hijos sanos y vigorosos? ¡Hoy tenemos a las niñas y las mujeres de las fábricas, enfermizas flores de colores pálidos, de sangre descolorida, de estómago arruinado, de miembros languidecidos!… El placer robusto es para ellas desconocido y no sabrían contar alegremente cómo salieron del cascarón.

Nuestro siglo —dicen— es el siglo del trabajo. En efecto, es el siglo del dolor, de la miseria y de la corrupción.

une petroleuse después de la caída de la comuna de París

¡Oh, miserable aborto de los principios revolucionarios de la burguesía!

¡Oh, lúgubre presente de su dios Progreso!

«Las naciones pobres son aquellas en que el pueblo vive con comodidad; las naciones ricas son aquellas en que, por lo regular, vive en la estrechez.»

«Los trabajadores, al cooperar con la acumulación de capitales productivos, contribuyen por sí mismos al| acontecimiento que, tarde o temprano, deberá privarles de una parte de sus salarios.»

Trabajad, trabajad, proletarios, para aumentar la fortuna social y vuestras miserias individuales; trabajad, trabajad para que, haciéndoos cada vez más pobres, tengáis más razón de trabajar y de ser miserables. Tal es la ley inexorable de la producción capitalista.

Los proletarios, atrofiados y embrutecidos por el dogma del trabajo, no comprenden que la causal de su miseria presente es el sobre trabajo que se impusieron en los tiempos de pretendida prosperidad

En vez de aprovecharse de los momentos de crisis |para una distribución general de los productos y para un goce universal, los obreros, muriéndose de hambre, van a golpear con sus cabezas las puertas de las fábricas.

Si las crisis industriales suceden a los períodos de sobretrabajo tan fatalmente como la noche al día, arrastrando consigo el desempleo forzoso y la miseria sin salida, también producen la bancarrota inexorable.

Mientras el fabricante tiene crédito, alienta sin cesar la pasión del trabajo, acumulando deudas sobre deudas para proveer de materia prima a sus obreros. Hace producir sin pensar que el mercado se satura, y que, si sus mercancías no llegan a venderse, sus pagarés llegarán al vencimiento. Acorralado, va a implorar al judío…«Un poquito de oro haría mejor mi negocio — responde el Rothschild

Los capitales abundan como las mercancías. Los financieros no saben ya dónde colocarlos, y van, por eso, a las naciones felices que gandulean al sol fumando tranquilamente, a construir ferrocarriles, a erigir fabricas, a importar la maldición del trabajo.

Estas miserias individuales y sociales, se desvanecerán, cuando el proletariado diga:

«Yo lo quiero.»

 Pero para que llegue a la conciencia de su fuerza es necesario que el proletariado pisotee los prejuicios de la moral «cristiana», económica y librepensadora; es necesario que vuelva a sus instintos naturales, que proclame los Derechos a la pereza,

Que se obligue a no trabajar más de tres horas diarias, holgazaneando y gozando el resto del día y de la noche.

Convencer al proletariado de que los propósitos que se le han inculcado son perversos; que el trabajo desenfrenado al cual se ha entregado desde principios de siglo, es el más terrible azote que jamás ha castigado a la humanidad, .y que el trabajo se convertirá en un condimento de los placeres de la pereza, es una tarea ardua y superior a mis fuerzas.

3       Lo que sigue al exceso de producción.

 La pasión ciega, perversa y homicida del trabajo transforma la máquina liberadora en instrumento de esclavitud de los hombres libres: su productividad lo empobrece.

¿Qué vemos? A medida que la máquina se perfecciona y sustituye con una rapidez y precisión cada vez mayor al trabajo humano, el obrero, en vez de aumentar su reposo en la misma cantidad, redobla aún más su esfuerzo, como si quisiera rivalizar con la máquina. ¡Oh competencia absurda y asesina!

Los obreros antiguos tenían ocios para probar los goces de la tierra, para hacer el amor y reírse, y banquetear alegremente en honor a la jubilosa diosa Holgazanería.

La sombría Inglaterra, convertida en la mojigata del protestantismo, se llamaba entonces la «alegre Inglaterra» (Merry England).

Rabelais, Quevedo, Cervantes, los autores desconocidos de las novelas picarescas, nos hacen la boca agua…

Sublimes estómagos gargantuescos, ¿qué os ha pasado? Sublimes cerebros que encerraban todo el pensamiento humano, ¿dónde habéis ido a parar?

 La vaca rabiosa, la patata, el vino adulterado y el aguardiente prusiano combinados con los trabajos forzosos, han debilitado nuestros cuerpos y encogido nuestras mentes.

Los economistas predican la teoría malthusiana, la religión de la abstinencia y el dogma del trabajo!

Tendríamos que arrancarles la lengua y tirársela a los perros.

La abstinencia, a la cual se condena la clase productora obliga a los burgueses a consagrarse al sobreconsumo de los productos que fabrica desordenadamente. y tiene que sustraer al trabajo productivo una masa enorme de hombres, para procurarse ayuda.

A toda esta clase doméstica, cuyo gran número indica el grado de desarrollo alcanzado por la civilización capitalista, hay que añadir la numerosa clase de los infelices consagrados exclusivamente a satisfacer los gustos dispendiosos y fútiles de las clases ricas…

Los proletarios se propusieron imponer el trabajo a los capitalistas. ¡Ingenuos! Tomaron en serio las teorías de los economistas y los moralistas sobre el trabajo:

El proletariado enarboló la divisa: Quien no trabaja, no come; Lyon, en 1831, se sublevó al grito de morir combatiendo o vivir trabajando; los federados de marzo de 1871 declararon que su rebelión era la Revolución del trabajo. Entonces la burguesía se rodea de pretorianos, policías, magistrados y carceleros mantenidos en una improductividad laboriosa.

Ya no se puede tener ilusiones sobre el carácter de los ejércitos modernos; se mantienen permanentemente con el único fin de contener al enemigo del interior.

Ante esta doble locura de los obreros, de matarse trabajando con exceso y de vegetar en la abstinencia, el gran problema de la producción capitalista no es ya el de encontrar productores y de duplicar sus fuerzas, sino de descubrir consumidores, excitar sus apetitos y crearles necesidades ficticias.

Pero ya los continentes explorados no son lo suficientemente vastos; se necesitan países vírgenes.

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Mas todo es inútil: burgueses que se empachan, que la clase doméstica supere a la clase productora, no es suficiente, naciones extranjeras y bárbaras que se inundan de mercancías europeas; nada, nada puede acabar con las montañas de productos amontonados, enormes como las Pirámides de Egipto.

Todos nuestros productos son alterados para abaratar costes, a fin de facilitar su salida y abreviar su existencia.

Nuestra época será llamada la edad de la falsificación, como las primeras épocas de la humanidad recibieron los nombres de edad de piedra y edad de bronce, por el carácter de su producción.

Estas falsificaciones, que tienen como única motivación un sentimiento humanitario, pero que producen soberbias ganancias a los fabricantes que las practican, si bien son desastrosas por la calidad de las mercancías y constituyen una fuente inagotable del derroche del trabajo humano, demuestran la ingeniosidad filantrópica de los burgueses y la horrible perversión de los obreros que, por satisfacer su vicio por el trabajo,

¡Ah! Como loros de Arcadia repiten la lección de los economistas: «Trabajemos, trabajemos para aumentar la riqueza nacional.» ¡Oh idiotas!

 El señor Reybaud, a quien hemos tenido la fortuna de perder hace pocos meses:

«Es, generalmente, sobre las condiciones de la mano de obra como se regula la revolución en los métodos de trabajo. Mientras la mano de obra ofrece sus servicios a bajo precio, se la prodiga; cuando se encarece, se procura hacerla innecesaria.»

4        A nuevo aire, nueva canción.

 Si disminuyendo las horas de trabajo se conquistan nuevas fuerzas mecánicas para la producción social, obligando a los obreros a consumir sus productos, se conquistará un inmenso ejército de fuerzas de trabajo. La burguesía, aliviada así de su tarea de consumidora universal, se apresurará a licenciar esa turba de soldados, y en su caso, a despedir magistrados, rufianes, proxenetas, etc., que ha sacado del trabajo útil para que la ayuden a consumir y derrochar.

El mercado del trabajo estará entonces desbordante y habrá necesidad de imponer una ley de hierro para prohibirlo

Los proletarios han dado en la extraña idea de querer imponer a los capitalistas diez horas de fundición o de refinería; éste es el gran error, la causa de los antagonismos sociales y de las guerras civiles. Será necesario prohibir, y no imponer, el trabajo.

Las discordias sociales desaparecerán. Los capitalistas y los rentistas serán los primeros en aliarse al partido popular, una vez convencidos de que, lejos de hacerles daño, se quiere, por el contrario, liberarlos del trabajo de sobreconsumo y de derroche a que han estado sujetos desde su nacimiento. En cuanto a los burgueses, incapaces de probar sus títulos de holgazanería, se les dejará seguir sus instintos. Hay suficientes ocupaciones desagradables para colocarlos.

En la barraca comenzará la Farsa electoral.

Delante de los electores de cabeza de serrín y orejas de burro, los candidatos burgueses, vestidos de payasos y cubiertos de programas electorales de múltiples promesas, ejecutarán la danza de las libertades políticas

Acto seguido, empezará la función: «El Robo de los bienes de la nación.»

Si desarraigando de su corazón el vicio que la domina y envilece su naturaleza, la clase obrera se alzara en su fuerza terrible para reclamar, no ya los Derechos del hombre, que son simplemente los derechos de la explotación capitalista, ni para reclamar el Derecho al trabajo, que no es más que el derecho a la miseria; sino para forjar una ley de hierro que prohibiera a todo hombre trabajar más de tres horas diarias, la Tierra, la vieja Tierra, estremeciéndose de alegría, sentiría agitarse en su seno un nuevo mundo…

Pero ¿cómo pedir a un proletariado corrompido por la moral capitalista una resolución viril?

¡Como Cristo, la doliente personificación de la esclavitud antigua, los hombres, las mujeres, los niños del proletariado suben arrastrándose desde hace un siglo por el duro calvario del dolor: desde hace un siglo, el trabajo forzoso rompe sus huesos, destruye sus carnes y atenaza sus nervios; desde hace un siglo, el hombre desgarra sus vísceras y alucinan sus cerebros! ¡Oh Pereza, apiádate de nuestra larga miseria! ¡Oh Pereza, madre de las artes y de las nobles virtudes, sé el bálsamo de las angustias humanas!

Apéndice

Nuestros moralistas son gente muy modesta. Si bien han inventado el dogma del trabajo, dudan de su eficacia para tranquilizar el alma, satisfacer la mente y mantener el buen funcionamiento de los riñones y de otros órganos; quieren experimentar con las masas populares, in anima vili, antes de aplicarlo a los capitalistas, cuyos vicios tienen la misión de explicar y autorizar.

Pero, ¿por qué, filósofos de pacotilla, atormentáis tanto vuestro cerebro para elucubrar una moral cuya práctica no osáis aconsejar a vuestros patronos? ¿Queréis ver ridiculizado y deshonrado ese dogma del trabajo, por el cual os mostráis tan orgullosos?

Consultad la historia de los pueblos antiguos y los escritos de sus filósofos y legisladores.

Multitud, de Misha Gordin

Los filósofos antiguos se disputaban el origen de las ideas, pero estaban de acuerdo cuando se trataba de aborrecer el trabajo. «La naturaleza —escribe Platón en su utopía social, en su República modelo— no ha hecho al zapatero ni al herrero; tales

ocupaciones degradan a los que las ejercen: viles mercenarios, miserables sin nombre, que son excluidos por su mismo estado de los derechos políticos. En cuanto a los negociantes, habituados a mentir y engañar, serán tolerados en la ciudad como un mal necesario« ¿Qué puede salir de honorable de un negocio?» —exclama Cicerón—.Los negociantes no pueden ganar sin mentir, y ¿qué hay más vergonzoso que la mentira? Por lo tanto, es necesario considerar como algo bajo y vil el oficio de todos los que venden su pena o su industria; puesto que cualquiera que cambie su trabajo por dinero, se vende y se pone a nivel de los esclavos»Pero los moralistas y economistas del capitalismo, ¿no preconizan el asalariado, la esclavitud moderna? Y ¿a quiénes otorga ocios la esclavitud capitalista? A los Rothschild, a los Schneider, a las Madame Boucicaut, inútiles y nocivos, esclavos de sus vicios y de sus domésticos.

El sueño de Aristóteles es nuestra realidad. Nuestras máquinas con aliento de fuego, miembros de acero, infatigables, y de fecundidad maravillosa, inagotable, cumplen dócilmente y por sí mismas su trabajo sagrado, y, a pesar de esto, el genio de los grandes filósofos del capitalismo permanece dominado por el prejuicio del asalariado, la peor de las esclavitudes. Aún no han alcanzado a comprender que la máquina es la redentora de la humanidad, la diosa que rescatará al hombre de las sordidae artes y del trabajo asalariado, la diosa que le dará ocios y libertad.

Lafargue_Refutacion_del_trabajo

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Paul Lafargue (Santiago de Cuba 1842 – Draveil, 1911)Periodista, medico, teórico político y revolucionario francés. Su familia era franco-caribeña, pasó la mayor parte de su vida en Francia, ,Inglaterra y en España. Su actividad política se orientó a partir de la lectura de Proudhon y el contacto con Karl Marx fue alejándole de su tendencia anarquista, aunque Lafargue intentaba fundir el hedonismo al marxismo.

Tras la revolución de la Comuna de París, 1871, la represión política obligó a Lafargue a emigrar a España. Allí se estableció en Madrid,

Laura Marx

contactó con miembros locales de la Primera Internacional. Al ser la mayor parte de los revolucionarios españoles de la facción anarquista de la Internacional tuvo poco influencia aunque intentó encauzarles hacia el marxismo desde el periódico La Emancipación,  incidió en Pablo Iglesias que fundó el PSOE

Su obra más conocida es El Derecho a la Pereza.

Jenny Laura Marx (1845 -1911) fue la segunda hija de Karl Marx y Jenny von Westphalen. En1868 se casó con Paul Lafargue. Federico Engels les dejó una estimable herencia

Laura y Lafargue se suicidaron juntos, mediante una inyección de ácido cianhídrico,no querían llegar a la edad en que pudieran ser una carga para sus familiares. El suicidio fue una conmoción. Los más críticos fueron sus propios camaradas. Lenin llegó a decir: “no tenía derecho a suicidarse”. En la prensa socialista se acusaba al teórico de hedonista y falso materialista. Un adversario ideológico, buen amigo de Lafargue, el histórico anarquista español Anselmo Lorenzo, fue el que escribió el más sentido epitafio. Lorenzo ayudaba en la redacción al castellano de los artículos que Lafargue publicó.

“Sano de cuerpo y espíritu, me doy la muerte antes de que la implacable vejez, que me ha quitado uno detrás de otro los placeres y goces de la existencia, y me ha despojado de mis fuerzas físicas e intelectuales, paralice mi energía y acabe con mi voluntad convirtiéndome en una carga para mí mismo y para los demás. Desde hace años me he prometido no sobrepasar los setenta años; he fijado la época del año para mi marcha de esta vida, preparado el modo de ejecutar mi decisión: una inyección hipodérmica de ácido cianhídrico. Muero con la suprema alegría de tener la certeza de que muy pronto triunfará la causa a la que me he entregado desde hace cuarenta y cinco años.”

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 “Los que hablan de revolución y de lucha de clases sin referirse explícitamente a la vida cotidiana, sin comprender lo que hay de subversivo en el amor y de positivo en el rechazo de las obligaciones, tienen un cadáver en la boca.”

Raoul Vaneigem

REIVINDICACIÓN DE LA PEREZA

ELOGIO DE LA PEREZA REFINADA.  Raoul Vaneigem

“El trabajo ha desnaturalizado la pereza. La ha convertido en su puta, del mismo modo en que el poder patriarcal veía en la mujer al reposo del guerrero.”

Europa conoce hoy en día una clase burocrática que rasca el fondo de las arcas del capital con el fin de hacerlo fructificar en un circuito cerrado, sin invertir en nuevos modos de producción. Y los proletarios, a quienes se ha enseñado que el proletariado ya no existe, alegan excepciones por su disminución de poder adquisitivo en la esperanza de que un gran movimiento caritativo suplirá la supresión de sus derechos sociales, la reducción de los salarios, la rarefacción del trabajo útil y el desmantelamiento de la enseñanza, de los transportes, de los servicios sanitarios, de la agricultura de calidad y de todo aquello que no aumenta con una rentabilidad inmediata la masa financiera puesta al servicio de la especulación internacional.

En la opinión que se ha ido forjando al respecto, la pereza se ha beneficiado mucho del creciente descrédito que pesa sobre el trabajo. Antaño erigido en virtud por la burguesía, que extraía su beneficio de él, y por las burocracias sindicales, a las cuales aseguraba la plusvalía de su poder, el embrutecimiento de la faena cotidiana ahora se reconoce como lo que es: una alquimia involutiva que transforma en un saber de plomo el oro de la riqueza existencial.

En una sociedad en la que sin descanso se nos arranca de nosotros mismos, ¿cómo llegar hasta uno mismo sin tropiezos? ¿Cómo instalarse sin esfuerzo en ese estado de gracia en el que no reina sino la indolencia del deseo? ¿No funciona todo para turbar, gracias a los buenos motivos del deber y de la culpabilidad, el recreo sereno de estar en paz en compañía de uno mismo?

El trabajo ha desnaturalizado la pereza. La ha convertido en su puta, del mismo modo en que el poder patriarcal veía en la mujer al reposo del guerrero.

Sin duda que el hombre de negocios, el patrón, el burócrata no se compromete, aparte de sus ocupaciones, en un régimen de domesticidad que es más inoportuno que confortable. No sé si buscan la soledad del subprefecto en los campos, pero todo indica, en su caso, una

 

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propensión más al divertimento que a la ociosidad. Uno no rompe sin dificultad con un ritmo que te propulsa de la fábrica a la oficina, de la oficina a la Bolsa y de la conferencia-almuerzo al almuerzo-conferencia. El tiempo, repentinamente vaciado de su contabilidad dineraria, se vuelve tiempo muerto; apenas existe. Es preciso haber perdido, más que el sentido de la moral, el sentido de la rentabilidad para pretender penetrar en él e instalarse allí sin vergüenza.Sin duda que el hombre de negocios, el patrón, el burócrata no se compromete, aparte de sus ocupaciones, en un régimen de domesticidad que es más inoportuno que confortable. No sé si buscan la soledad del subprefecto en los campos, pero todo indica, en su caso, una propensión más al divertimento que a la ociosidad. Uno no rompe sin dificultad con un ritmo que te propulsa de la fábrica a la oficina, de la oficina a la Bolsa y de la conferencia-almuerzo al almuerzo-conferencia.El tiempo, repentinamente vaciado de su contabilidad dineraria, se vuelve tiempo muerto; apenas existe. Es preciso haber perdido, más que el sentido de la moral, el sentido de la rentabilidad para pretender penetrar en él e instalarse allí sin vergüenza.El camino no es tan fácil, pues la exclusión de un mundo que te excluye de ti mismo basta para que vuelvas a encontrarte en él. Si no fuese así, no habría un parado que no se hubiese convertido en poeta de los tiempos futuros.Lo habitual es que el parado no se pertenezca a sí mismo, sino que continúe perteneciendo al trabajo. Lo que lo destruía en la alienación de la fábrica y de la oficina persiste en corroerlo fuera de ellas como el dolor de un miembro fantasma. Como el explotador, el explotado apenas tiene la oportunidad de consagrarse sin reservas a las delicias de la pereza.Noble tarea es, sin duda, la subversión del trabajo innoble, pero no te libra de trabajar. Hete aquí, como el amo al acecho del criado que le roba, holgazaneando con el ojo puesto en el amo para robarle mejor. No puede entenderse la pereza de forma tan furtiva. Se necesita desahogo, como en el amor.Quien está pendiente del “¿quién vive?” no vive en absoluto, o lo hace mediocremente. ¡Qué rencor, por otro lado, al no poder arruinar tan retorcidamente como uno desearía el hedonismo de los explotadores, por mediocre que éste sea! ‘Mientras nosotros curramos, ellos se llenan la panza, dice la canción? El privilegio de los proletarios al emanciparse tanto del trabajo que los convierte en asalariados como de aquellos que extraen de él la plusvalía consistía precisamente en acceder al goce de ellos mismos y del mundo. El goce y su consciencia, agudizada al perfeccionarlo, poseen suficientemente la ciencia de liberarse de aquello que los entorpece o los corrompe. ¡Preguntádselo a los que aprenden a amarse!Lo que es verdad para el amor es verdad para la pereza y su disfrute. A menudo estamos lejos de la realidad.La única utilidad que se le reconoce ahora al trabajo se limita a garantizar un salario a la mayoría y una plusvalía a la oligarquía burocrática internacional. El primero se gasta en bienes de consumo y en servicios de una mediocridad creciente; la segunda se invierte en especulaciones bursátiles que, cada vez más, prestan a la economía un carácter parasitario. Se ha implantado tan bien el hábito de aceptar no importa qué trabajo y de consumir lo que sea para equilibrar esa balanza mercantil que reina sobre los destinos como la vieja y fantasmal providencia divina que, quedarse en casa en lugar de participar en el frenesí que destruye el universo, pasa extrañamente por algo escandaloso. Uno de esos ministros cuya máquina administrativa devora millones a la manera de un gigantesco aparato que parasita la producción de bienes prioritarios no tuvo empacho en denunciar, con la aprobación de los gestores de la información, a los beneficiarios de subsidios, a los ferroviarios jubilados, a los usuarios de los servicios de salud, en pocas palabras, a las gentes que obtienen placer de su reposo mientras otros duermen para un patrón cuyo dinero no deja de trabajar. Que se hayan encontrado proletarios –subsidiados en potencia, sin embargo- que consienten en la refundición semántica de las palabras compradas por el poder no es el simple efecto de la imbecilidad gregaria. Planea sobre la pereza tal sentimiento de culpa que pocos se atreven a reivindicarla como una parada saludable que permite reconquistarse y no ir más allá en el camino por el que el viejo mundo se desliza.

Ludditas, los destructores de máquinas

¿Quién, entre los subsidiados, proclamará que descubre en la existencia riquezas que la mayoría busca donde no están? No encuentran placer en no hacer nada, no piensan en inventar, en crear, en soñar, en imaginar. En la mayoría de las ocasiones sienten vergüenza por estar privados de un embrutecimiento asalariado que les privaba de una paz de la que ahora disponen sin osar instalarse en ella. La culpabilidad degrada y pervierte a la pereza, prohíbe su estado de gracia, la despoja de su inteligencia.

Una parada en el trabajo debería propagar la buena conciencia de la pereza, alentar ese saludable reposo que ahorraría no pocos gastos en sanidad. No hace falta más que ponerle un poco de imaginación. Nos cruzamos de brazos, dirían los ferroviarios, instauramos la gratuidad del tiempo y del espacio y, para vuestro esparcimiento, nos relevaremos para hacer que los trenes circulen y permitiros recorrer Francia entera sin ningún desembolso por vuestra parte. ¿Seguirías asistiendo a fábricas y oficinas? ¡Vosotros sabréis! Tal vez se les ocurriese a algunos que la pereza es más creativa que el trabajo.

¡Pero no! Declarar que la huelga es una fiesta es un insulto para quienes persisten en encontrar dignidad en la esclavitud del trabajo. Es necesario, dentro del orden de cosas que nos gobierna, que la huelga sea una maldición, igual que la pereza. Respiramos con pesar un poco de aire fresco antes de retomar valientemente el camino de la corrupción y de la polución. Bien que nos merecemos la jubilación, suspiran los trabajadores. Pero, conforme a la lógica de la rentabilidad, lo que uno merece ya lo ha pagado no una vez, sino diez. Que no se diga, pues, que la jubilación ofrece al fin un refugio a esa ociosidad que, decididamente, es la cosa peor repartida del mundo

Hay en los letárgicos una propensión a preferir la injusticia al desorden. ¿Los cuidados que requieren los privilegios de la somnolencia mental y de la ociosidad no implican acaso una perfecta obediencia al orden de las cosas? Pagar el descanso con la servidumbre es, sin duda, un trabajo innoble. Hay demasiada belleza en la pereza como para convertirla en la prebenda de los clientelismos.
Si la pereza se acomoda a la apatía, a la servidumbre, al oscurantismo, no tardará en entrar en los programas de un Estado, que, previendo la liquidación de los derechos sociales, pone en marcha organismos caritativos privados con el fin de suplirlos: es decir, un sistema de mendicidad del que desaparecerán reivindicaciones que, bien es verdad, emprenden dócilmente ese mismo camino a juzgar por las últimas súplicas públicas, que tienen como leitmotiv: “¡Dadnos dinero!”. El mercantilismo de tipo mafioso en el que se transforma la economía en declive no podría coexistir más que con una ociosidad vaciada de toda significación humana. Pues tal vez sea tiempo de darse cuenta de que la pereza es la peor o la mejor de las cosas dependiendo de que se incluya en un mundo en el que el hombre no es nada o bien en una perspectiva en la que quiere serlo todo

En Jauja presentimos que la exuberancia de la naturaleza se ofrece a quien la solicita sin querer saquearla o violarla. Por ella pasa, como venido de lo más profundo de la historia y del individuo, el aliento de un deseo inextinguible; el deseo de una armonía con los seres  y las cosas, presente con tanta sencillez en el aire de todas las épocas.

Por mucho que la racionalidad lucrativa del trabajo considere la cuestión nula y sin valor, el perezoso sabe que en la feliz disposición que lo protege del mundo de la especulación y la tarea, tal fantasía no está desprovista de sentido y poder. Entre el medio ambiente y él, la despreocupación contemplativa basta para tejer una red de sutiles afinidades.

. Se encuentra en unidad con lo vivo, en una religión de la cual la religión, que encadena la tierra al cielo y el cuerpo a los mandamientos divinos, no es más que una inversión. Al contrario que el místico, exiliado de sus sentidos mediante el desprecio de sí mismo, el ocioso restituye la materialidad de la vida –la única que hay- al universo del que procede: el aire, el fuego, la tierra, el mineral, el vegetal, el animal y el ser humano, que de todos ellos ha heredado su especificidad creativa.

Para que la pereza acceda a su especifidad, no basta con que rehúse a la voluntad omnipresente del trabajo; es necesario que sea por y para sí misma. Es necesario que el cuerpo, del que constituye uno de los privilegios, se reconquiste como territorio de los deseos, a la manera en que los amantes lo perciben en el momento del amor.

La pereza es goce de uno mismo o no es nada. No esperéis que os sea concedida por vuestros amos o vuestros dioses. A ella se llega por una natural inclinación a buscar el placer y evitar su contrario. Una simpleza que la edad adulta se empeña en complicar.

Cuando la pereza no alimente más que el deseo de satisfacerse, entraremos en una civilización en la que el hombre ya no sea el producto de un trabajo que produce lo inhumano.

Elogio de la pereza refinada-Raoul Vaneigem
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La pereza como método de trabajo. Mario Quintana

Lo que perjudica mi pereza perjudica mi trabajo

XVI

Para Reynaldo Moura **

niños jugando en lodo, post ganar partido futbol pueblo de I Ming, Bago, Myanmar-Tun Zaw Zaw

Qué bueno quedarse así, horas enteras,
Fumando… y viendo los lentos espirales…
Mientras, afuera, cantan los aleros
La baladita ingenua de las goteras

Y va la niebla, bruja silenciosa,
Transformando la Ciudad, más y más,
En esa Londres lejana, misteriosa
De las poéticas novelas policiales…

Qué bueno, después, salir por esas calles,
Donde las farolas, con su luz afiebrada,
Son soles enfermos por fingir ser lunas…

Salir así (olvidarlo todo, tal vez!)
E ir andando, por la niebla lenta,
Con la displicencia de un fantasma inglés…

Traducción: Diego E. Suárez

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One Comment on “EL DERECHO A LA PEREZA -Paul Lafargue. “Para el español, en quien el animal primitivo no está atrofiado, el trabajo es la peor de las esclavitudes. Hay un proverbio español que dice: “Descansar es salud”.(1848)”

  1. Este post se copia y pega sin modificar agradeciendo a quien se dio a la tarea de mostrar tamaño de historia, e ineludible argumento para quienes exigimos que: La vida plena, corazon en mano, o violencia salvaje cuando nos arrinconen.
    D
    Colectiva de individualidades para la supervivencia, la agricultura y la subversion. SAS
    viento_sin_fronteras@riseup.net


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